Fundadora de veintiocho Monasterios del Buen Pastor
La vida de la Madre María de San Agustín de Jesús, es tan hermosa, tan inteligentemente trabajada y tan amorosamente fundida en la voluntad de Dios, que puede llamarse “un poema heroico de amor”.
Josefa Fernández, quien al hacerse religiosa se llamó sor María de San Agustín, nació en la ciudad de Santiago de Chile, el 15 de Marzo de 1835, hija de Pedro Fernández y de Rosa Santiago Concha. La familia era de alto nivel social y económico, muy piadosa y caritativa. En ese cálido ambiente de amor a Dios y al prójimo, fue creciendo la niña.
Josefa no frecuentó colegio alguno, pero recibió una educación muy completa en su casa. Como estaba dotada de memoria sorprendente y era sumamente estudiosa, hizo rápidos progresos. Al llegar a la adolescencia, era dueña de una rara cultura y de una ilustración poco común. Hablaba diversos idiomas, había cursado con ventajas las ciencias generales, era hábil en la teneduría de libros, tenía hermosa caligrafía, y su estilo correcto y elegante, la hacía muy competente para la redacción de cartas y de toda clase de escritos. La niña era activa y servicial. Su temperamento se destacaba por una energía varonil y un corazón extremadamente tierno y delicado.
En el año 1855, llegaron de Francia las primeras religiosas del Buen Pastor de Angers. Gracias a la solicitud del Arzobispo de Santiago, Rafael Valentín Valdivieso, la Sociedad de Beneficencia de la ciudad tomó a su cargo los gastos, tanto de la instalación provisoria inicial como del futuro monasterio. Como tesorera, fue nombrada la señora Rosa de Fernández, la madre de Josefa. Tanto la madre como la hija, que parece asumió el cargo de secretaria, salían a la calle a pedir cooperaciones generosas o humildes limosnas, y estaban decididas a todo “por gloria o por
humillación”, con tal de que avanzaran las obras.
El contacto de Josefa con las hermanas, provocó en su espíritu una lucha fuerte y sorda, pues ella se resistía a entrar como postulante. Estaba en este combate cuando sintió la inspiración de hacer los Ejercicios Espirituales. Las palabras del predicador, los temas tratados y el poder de la gracia convencieron a Josefa que tomó una enérgica resolución: Le pidió a su hermano que avisara a sus padres que, apenas terminado el retiro, ella entraría en el monasterio.
Era el 5 de Abril de 1862, cuando la Congregación del Buen Pastor recibía a la joven. Un mes fue juzgado suficiente preparación por la Superiora y el 4 de mayo se fijó para la toma del hábito. El mismo arzobispo le dio a la postulante el santo hábito de la religión y un nombre nuevo. Desde ese día se llamó Sor María de San Agustín de Jesús. El 21 de Junio de 1862, Sor María Agustín hizo su profesión de los votos religiosos, y el 14 de Setiembre de 1864, la nombran vicaria del monasterio.
Desde ese día, por sesenta y tres años seguidos, la Madre San Agustín debió cargar el peso de la superioridad; pero esos sesenta y tres años fueron para el Instituto “Una grande y continua bendición”, por los gigantescos progresos en monasterios y personal, en obras de bien social y cultural al servicio de las niñas en peligro o de la mujer caída.
En esos sesenta y tres años el Buen Pastor creció de manera extraordinaria. Sus actividades abarcaron las cinco naciones del cono Sur: Chile, Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay, en las cuales plantó dieciocho monasterios.
La Madre San Agustín había llegado a los noventa y tres años. Innumerables fueron sus cruces, tribulaciones, sufrimientos personales, y mayores fueron las preocupaciones y los sacrificios por las muchas casas nuevas del Buen Pastor. En los últimos tiempos, su salud comenzó a deteriorarse, pero conservó hasta el final su lucidez mental.
El 12 de Enero de 1928, su estado de salud se agravó y el 13 de Enero a las diez y cuarto de la mañana, la venerable cabeza de la moribunda se venció hacia atrás y el alma de la Madre San Agustín, voló al seno de Dios con las manos cargadas de méritos y el corazón colmado de amor.
En una oportunidad, la imagen del Niñito Jesús, que, de vez en cuando le hablaba, le había dicho: “La muerte del justo es el principio de infinitos bienes”.
Elsa Lorences de Llaneza
miércoles, 10 de agosto de 2011
SOR LEONOR MATURANA
Hermana Carmelita de la Caridad
El 25 de Julio de 1884 nacen en Bilbao, norte de España, las mellizas Leonor y Pilar Maturana, en una familia de sólidas creencias religiosas.
A los cuatro años van al colegio de las “Hijas de la Cruz”. Allí aprenden a leer, escribir y a valorar las verdades de la fe. Eran tan parecidas entre ellas, que todos las confundían, hasta la madre. Leonor llegó a ser destacada profesora de música, canto e idiomas. Desde pequeña, Leonor se distinguía por sus gracias y ocurrencias, que hacían reír a todos cuantos la trataban.
A los quince años, las hermanas, ya habían trazado su camino de vida: ser religiosas. Leonor dirigió sus pasos hacia las Hermanas Carmelitas de la Caridad y Pilar llamó a la puerta de las Mercedarias y más tarde fue la fundadora del Instituto Misionero de Berriz.
Durante el noviciado, Leonor no solo aprendió el espíritu de oración, de caridad y de servicio de la Fundadora, Santa Joaquina Vedruna, sino también su gran pasión por las almas y su deseo de colaborar en las grandes necesidades de la iglesia, Entonces florece en ella el deseo de abrirse al gran mundo de las misiones.
Cuando el Instituto proyectó abrir sus casas en la Argentina, Sor Leonor se ofrece a ir.
Seis religiosas viajan a la ciudad de Suipacha (Buenos Aires), para fundar una escuela con pupilas y externas. En los primeros días sufrieron agudos y peligrosos momentos de nostalgia, que Leonor distraía con sus acostumbradas payasadas, cantando y bailando.
Decía ella en sus conversaciones: “Me llama siempre la atención el vivir santamente alegre, pues observo que, a veces, se puede ensanchar el corazón de la Hermanas, y hasta el de la superiora, con una simple sonrisa al encontrarlas. Me parece que complazco a Jesús, alegrando y dulcificando en lo posible la vida de comunidad, demostrando en todas las ocasiones, a las Hermanas, que las quiero de veras. ¡Es tan agradable sentirse amado!
Las monjitas vivían de los productos del campo, que la gente del pueblo compartía con ellas. La escuelita era pequeña pero animada. Las religiosas habían ido a Suipacha, para vivir personalmente el Evangelio y enseñárselo a las niñas y sus familias. Sor Leonor gozaba del silencio y la oración.
En el año 1930, Sor Leonor fue nombrada superiora de Suipacha. En una de sus cartas dice: “¡Si vieras que ganas tengo de ser Santa! Hace tiempo tenía deseos de morirme, para estar con Dios y verlo por fin amado del todo. Ahora, sin quitárseme ese deseo, me dio el Señor, por su bondad, una luz de la brevedad de esta vida, junto con su afán de aprovecharla bien y hacer algo en provecho de las almas”….
El 27 de Noviembre de 1930, enferma gravemente y es trasladada a Buenos Aires e internada en el Hospital Rivadavia. El 5 de Enero de 1931, la operan de un cáncer en el estómago. El 27 del mismo mes, la llevan en estado muy delicado, al colegio de Belgrano donde muere al día siguiente, momentos después de haber recibido la Eucaristía.
Inmediatamente, la gente de Suipacha se moviliza para que la Hermana Leonor descanse en ese pueblo. En un mes superaron los trámites y lograron que sus restos fuesen sepultados en el frente del templo parroquial.
En el año 1953, se inicia la causa de beatificación y en diciembre de 1993 el papa Juan Pablo II, aprueba el decreto sobre las virtudes.
Elsa Lorences de Llaneza
El 25 de Julio de 1884 nacen en Bilbao, norte de España, las mellizas Leonor y Pilar Maturana, en una familia de sólidas creencias religiosas.
A los cuatro años van al colegio de las “Hijas de la Cruz”. Allí aprenden a leer, escribir y a valorar las verdades de la fe. Eran tan parecidas entre ellas, que todos las confundían, hasta la madre. Leonor llegó a ser destacada profesora de música, canto e idiomas. Desde pequeña, Leonor se distinguía por sus gracias y ocurrencias, que hacían reír a todos cuantos la trataban.
A los quince años, las hermanas, ya habían trazado su camino de vida: ser religiosas. Leonor dirigió sus pasos hacia las Hermanas Carmelitas de la Caridad y Pilar llamó a la puerta de las Mercedarias y más tarde fue la fundadora del Instituto Misionero de Berriz.
Durante el noviciado, Leonor no solo aprendió el espíritu de oración, de caridad y de servicio de la Fundadora, Santa Joaquina Vedruna, sino también su gran pasión por las almas y su deseo de colaborar en las grandes necesidades de la iglesia, Entonces florece en ella el deseo de abrirse al gran mundo de las misiones.
Cuando el Instituto proyectó abrir sus casas en la Argentina, Sor Leonor se ofrece a ir.
Seis religiosas viajan a la ciudad de Suipacha (Buenos Aires), para fundar una escuela con pupilas y externas. En los primeros días sufrieron agudos y peligrosos momentos de nostalgia, que Leonor distraía con sus acostumbradas payasadas, cantando y bailando.
Decía ella en sus conversaciones: “Me llama siempre la atención el vivir santamente alegre, pues observo que, a veces, se puede ensanchar el corazón de la Hermanas, y hasta el de la superiora, con una simple sonrisa al encontrarlas. Me parece que complazco a Jesús, alegrando y dulcificando en lo posible la vida de comunidad, demostrando en todas las ocasiones, a las Hermanas, que las quiero de veras. ¡Es tan agradable sentirse amado!
Las monjitas vivían de los productos del campo, que la gente del pueblo compartía con ellas. La escuelita era pequeña pero animada. Las religiosas habían ido a Suipacha, para vivir personalmente el Evangelio y enseñárselo a las niñas y sus familias. Sor Leonor gozaba del silencio y la oración.
En el año 1930, Sor Leonor fue nombrada superiora de Suipacha. En una de sus cartas dice: “¡Si vieras que ganas tengo de ser Santa! Hace tiempo tenía deseos de morirme, para estar con Dios y verlo por fin amado del todo. Ahora, sin quitárseme ese deseo, me dio el Señor, por su bondad, una luz de la brevedad de esta vida, junto con su afán de aprovecharla bien y hacer algo en provecho de las almas”….
El 27 de Noviembre de 1930, enferma gravemente y es trasladada a Buenos Aires e internada en el Hospital Rivadavia. El 5 de Enero de 1931, la operan de un cáncer en el estómago. El 27 del mismo mes, la llevan en estado muy delicado, al colegio de Belgrano donde muere al día siguiente, momentos después de haber recibido la Eucaristía.
Inmediatamente, la gente de Suipacha se moviliza para que la Hermana Leonor descanse en ese pueblo. En un mes superaron los trámites y lograron que sus restos fuesen sepultados en el frente del templo parroquial.
En el año 1953, se inicia la causa de beatificación y en diciembre de 1993 el papa Juan Pablo II, aprueba el decreto sobre las virtudes.
Elsa Lorences de Llaneza
María Lourdes Del Santísimo Sacramento
La Sierva de Dios María Lourdes del Santísimo Sacramento (Mayorina Josefa Para Scaglia), nació el 13 de Junio de 1900, en la localidad de Carlos Pellegrini (Santa Fe), hija de Juan Para y de Mayorina Scaglia. Trabajó en las tareas rurales junto a sus Padres y, cuando su familia se trasladó a la Ciudad de Gálvez (Santa Fe), se desempeñó como modista pantalonera y, con ese fino trabajo, pudo ayudar económicamente a su familia.
En el año 1931, con un grupo de señoras y señoritas, fundó la Asociación del Apostolado de la Oración. El 19 de Abril de 1932, ingresó en el Monasterio del Verbo Encarnado y del Santísimo Sacramento de la Orden del Verbo Encarnado en la citada población. La Orden del Verbo Encarnado se constituyó en Francia en el año 1625, por inspiración y mandato del mismo Señor Jesucristo a la venerable sierva de Dios Juana Chezard de Matel. Esta Congregación tiene como espiritualidad, dar a conocer el Verbo Encarnado, profundizar las Sagradas Escrituras, solemnizar las fiestas litúrgicas y la adoración al Santísimo Sacramento. La tarea que desarrollan es la educación. En la Comunidad de Rosario, Sor María de Lourdes, desarrolló toda su vida religiosa, desempeñando las tareas de despensera, cocinera, encargada del comedor, enfermera, portera, maestra de párvulos y encargada de las alumnas pupilas, mientras existía el internado.
En toda su vida de consagrada al Verbo Encarnado, se conformó tranquilamente con lo que la Providencia le proporcionó. No conoció la vanidad ni la ostentación. Con su modestia y paciencia, con su humildad y sencillez estuvo siempre presente en los actos de la Comunidad. A pesar de su edad avanzada, en los últimos años, se mostró atenta y pronta a servir a la Hermanas, aún cuando algunas, por su trabajo y estudio llegaban tarde a cenar. Su caridad, su abnegación y su espíritu de sacrificio, confirman la profundidad de su amor por vivir en la vida consagrada sus esponsales con Jesús, el Verbo Encarnado. Llevaba una vida humilde y oculta, al servicio pleno de la comunidad y de las personas que pasaban por la puerta del colegio, especialmente de los pobres. Era tan servicial, que el mismo día de su muerte dejó la comida preparada y el vaso de leche listo para una religiosa. Al tener un dolor más fuerte en el brazo y en el pecho, pidió permiso para retirarse. La superiora se acercó a su cama y comenzó a rezar la jaculatoria “Jesús en vos confío”, mientras la cubría con una colcha liviana porque tenía chuchos de frío. Al taparla en dos oportunidades, la sierva de Dios pronunció sus últimas palabras: “Muchas gracias”. El 6 de junio, repentina e inesperadamente falleció. El poder vivir en paz, el conservar la dulzura del corazón y el poder servir a tan variados caracteres que pasaron por la comunidad durante sus cincuenta y cuatro años de vida religiosa, son fruto de su íntima unión con Dios y de su fidelidad a la oración en la sencilla confianza y en la ternura de Dios Padre.
Elsa Lorences de Llaneza
HERMANA PURA ROSA DEL CARMEN OLMOS
La Hermana Pura Rosa del Carmen nació en la pintoresca zona serrana de la Cumbre, Provincia de Córdoba (Argentina) el 26 de febrero de 1896, hija de Pío Cruz Olmos y de Clorinda Campos, fervorosos y ejemplares esposos y padres cristianos. El 19 de Diciembre de 1918, vistió el hábito carmelitano entre las Hermanas Carmelitas Descalzas de Santa Teresa de Jesús e hizo su profesión simple el 28 de Diciembre de 1920. Desempeñó numerosos cargos de maestra de grado, vicerrectora, maestra de novicias, superiora, ecónoma, enfermera, proveedora, portera, consejera general en las distintas casas del Instituto.
Después de una breve enfermedad, falleció en Córdoba el 28 de Julio de 1965, a los sesenta y nueve años de edad. Quienes la conocieron recuerdan su vida de sacrificio y su abnegado espíritu fraterno y solidario y proclaman: “Era una Santita”. Sus restos descansan en el cementerio de San Jerónimo, en el panteón de las Terceras Carmelitas de Santa Teresa de Jesús, donde nunca le faltan flores frescas y los cientos de cartas que agradecen las gracias recibidas a la Hermana Purita, cuya fama ya trasciende los límites de la Provincia de Córdoba.
La causa de Beatificación fue iniciada en el año 1996, con un oficio religioso celebrado por el Cardenal Raúl Francisco Primatesta. Después de completar una investigación sobre la vida de la hermana, se logró el visto bueno del Vaticano, para seguir adelante. “La hermana Pura Rosa se distinguió por su sencillez y humildad, pobreza y caridad, abnegación y servicio”. Ojalá pronto la veamos beatificada.
Elsa Lorences de Llaneza
sábado, 6 de agosto de 2011
Fray Mamerto Esquiú
Obispo de Córdoba
El 11 de Mayo de 1826 a las once de la noche nació en Piedra Blanca a 15 km. de Catamarca Fray Mamerto Esquiú. El recién nacido sufría de delicados problemas de salud, por eso el padre, Santiago Esquiú, inmediatamente lo bautizó y, como ese día se celebraba la fiesta de la Ascensión, le impuso el nombre de Mamerto de la Ascensión.
A los cinco años, su piadosa madre, María de las Nieves Medina, le vistió un hábito de San Francisco. A los seis sabía leer y escribir. A los nueve, entro a estudiar latinidad, siempre con su hábito. A los diez perdió a su madre. En ese mismo tiempo lo recibieron de limosna en un convento. A los diecisiete concluyó teología. A los veinte perdió a su padre. A los veintidós se ordenó sacerdote. A los veinticinco predicó el primer sermón; era entonces profesor de filosofía en un colegio.
En la Argentina, tanto la gente sencilla como los críticos literarios, sin distinción de credos religiosos o de ideologías políticas, ponderan a Esquiú como el mejor orador sagrado. En todos los textos de la historia de la literatura argentina se lo estudia elogiándolo. Entre los sermones más importantes, se destaca el sermón pronunciado el 9 de Julio de 1853 en Catamarca sobre la Constitución Argentina. Meses después, se lo volvió a oír en la misma iglesia matriz de Catamarca, al instalarse las autoridades constitucionales.
Desde ese momento, se amontonaron los laureles sobre la cabeza de fray Mamerto. El gobierno Federal de la Nación ordenó la publicación de los dos sermones y una biografía del orador. Así llovieron sobre él nombramientos y cargos de alto nivel y hasta se le ofreció una subvención para que fuera a estudiar a París. También se lo incluyó en las ternas de varios obispados vacantes. En lugar de regocijarse por tantas distinciones, el alma de Esquiú se sentía agobiada por la amargura y el desencanto. El amaba la soledad, el silencio, el retiro, la vida humilde y recoleta.
Poco a poco, comenzó a renacer y reflotar en él un antiguo anhelo, el de una vida franciscana más regular y austera, como se estaba viviendo en el convento de Tarija (Bolivia). El 9 de febrero de 1862, con los debidos permisos, se puso en camino a caballo.
A mediados del año 1870, a la muerte de monseñor Escalada, arzobispo de Buenos Aires, el Senado de la Nación propuso a Esquiú como sucesor; pero éste, después de dos meses de oración y reflexión, envió su célebre renuncia, motivándola en su indignidad e incapacidad, e “inspirada – según dice él- en su amor a la Patria a Dios y a su Iglesia”.
Con el fin de que nadie más pudiera buscarlo, se alejó de la Argentina dirigiéndose a Tierra Santa, donde permaneció un año y medio. En los primeros meses del año 1878, el Superior General, le ordenó regresar al país. De paso por Roma, tuvo el privilegio de ser recibido en audiencia por el papa León XIII.
Apenas llegó a Catamarca, recibió un telegrama comunicándole que había sido designado Obispo de Córdoba. El mismo Presidente de la Nación, doctor Nicolás Avellaneda, se dirigió al Sumo Pontífice solicitando la investidura canónica del candidato. El domingo 16 de Enero de 1880 el nuevo obispo tomó posesión de su cargo.
El primer año de sus actividades pastorales estuvo casi siempre en la Ciudad de Córdoba, organizando la curia y las parroquias; restableció los estudios teológicos de la Universidad Nacional; se preocupó del Seminario Diocesano; fundó cofradías y una larga serie de obras culturales, sociales, caritativas, religiosas…; predicó innumerables Ejercicios Espirituales y Misiones Populares.
Un sacerdote muy amigo del Obispo escribe: “Siempre y a toda hora el ilustrísimo Esquiú estaba rodeado de pobres. No tenía tiempo para recibimientos o ratos recreativos con amigos. En dos años, hemos podido hablar con él unas pocas veces y por pocos minutos y, muy a menudo, de pie y a toda prisa. Sólo los pobres podían entretenerse con él y a gusto, y manifestarle todas sus necesidades espirituales y temporales”.
Después de las fiestas navideñas de 1882, inició una gira pastoral por La Rioja y Catamarca. El gerente del ferrocarril le ofreció un coche especial, pero el rehusó y sacó un boleto de segunda clase en el ferrocarril porque alegaba: “Yo no puedo gastar en lujo porque la plata que tengo no es mía, sino de los pobres”.
El 8 de Enero de 1883, después de celebrar misa en la celda de San Francisco, partió de la Rioja, pero ya estaba enfermo de gravedad. El miércoles diez de Enero a las dos y media de la tarde, la mensajería llegaba a la posta del Pozo del Zuncho (hoy estación Esquiú, provincia de Catamarca), donde esperaba al Obispo muchísima gente. Allí se quebró. Su Secretario con ayuda de otras personas lo colocan en un humilde catre de tientos de cuero, en un rancho del lugar. Su secretario, le administra los últimos sacramentos y a las tres de la tarde del 10 de Enero de 1883 entregó su alma pura al Señor: “Con una muerte tan dulce como la sonrisa de un ángel”.
Luego fue trasladado a Córdoba donde recibió exequias triunfales. Cuando se le hizo una autopsia para saber el motivo de su muerte, el cuerpo ofrecía todos los síntomas de la descomposición, pero el corazón estaba intacto, suscitando maravillas en todos los presentes.
Ahora ese corazón se guarda en una hermosa hornacina del templo de San Francisco de Catamarca. Miles y miles de devotos acuden anualmente a venerarlo, lo cual, muy pronto, como es el anhelo universal, llevará al Padre Mamerto a la gloria de los altares.
Elsa Lorences de Llaneza
El 11 de Mayo de 1826 a las once de la noche nació en Piedra Blanca a 15 km. de Catamarca Fray Mamerto Esquiú. El recién nacido sufría de delicados problemas de salud, por eso el padre, Santiago Esquiú, inmediatamente lo bautizó y, como ese día se celebraba la fiesta de la Ascensión, le impuso el nombre de Mamerto de la Ascensión.A los cinco años, su piadosa madre, María de las Nieves Medina, le vistió un hábito de San Francisco. A los seis sabía leer y escribir. A los nueve, entro a estudiar latinidad, siempre con su hábito. A los diez perdió a su madre. En ese mismo tiempo lo recibieron de limosna en un convento. A los diecisiete concluyó teología. A los veinte perdió a su padre. A los veintidós se ordenó sacerdote. A los veinticinco predicó el primer sermón; era entonces profesor de filosofía en un colegio.
En la Argentina, tanto la gente sencilla como los críticos literarios, sin distinción de credos religiosos o de ideologías políticas, ponderan a Esquiú como el mejor orador sagrado. En todos los textos de la historia de la literatura argentina se lo estudia elogiándolo. Entre los sermones más importantes, se destaca el sermón pronunciado el 9 de Julio de 1853 en Catamarca sobre la Constitución Argentina. Meses después, se lo volvió a oír en la misma iglesia matriz de Catamarca, al instalarse las autoridades constitucionales.
Desde ese momento, se amontonaron los laureles sobre la cabeza de fray Mamerto. El gobierno Federal de la Nación ordenó la publicación de los dos sermones y una biografía del orador. Así llovieron sobre él nombramientos y cargos de alto nivel y hasta se le ofreció una subvención para que fuera a estudiar a París. También se lo incluyó en las ternas de varios obispados vacantes. En lugar de regocijarse por tantas distinciones, el alma de Esquiú se sentía agobiada por la amargura y el desencanto. El amaba la soledad, el silencio, el retiro, la vida humilde y recoleta.
Poco a poco, comenzó a renacer y reflotar en él un antiguo anhelo, el de una vida franciscana más regular y austera, como se estaba viviendo en el convento de Tarija (Bolivia). El 9 de febrero de 1862, con los debidos permisos, se puso en camino a caballo.
A mediados del año 1870, a la muerte de monseñor Escalada, arzobispo de Buenos Aires, el Senado de la Nación propuso a Esquiú como sucesor; pero éste, después de dos meses de oración y reflexión, envió su célebre renuncia, motivándola en su indignidad e incapacidad, e “inspirada – según dice él- en su amor a la Patria a Dios y a su Iglesia”.
Con el fin de que nadie más pudiera buscarlo, se alejó de la Argentina dirigiéndose a Tierra Santa, donde permaneció un año y medio. En los primeros meses del año 1878, el Superior General, le ordenó regresar al país. De paso por Roma, tuvo el privilegio de ser recibido en audiencia por el papa León XIII.
Apenas llegó a Catamarca, recibió un telegrama comunicándole que había sido designado Obispo de Córdoba. El mismo Presidente de la Nación, doctor Nicolás Avellaneda, se dirigió al Sumo Pontífice solicitando la investidura canónica del candidato. El domingo 16 de Enero de 1880 el nuevo obispo tomó posesión de su cargo.
El primer año de sus actividades pastorales estuvo casi siempre en la Ciudad de Córdoba, organizando la curia y las parroquias; restableció los estudios teológicos de la Universidad Nacional; se preocupó del Seminario Diocesano; fundó cofradías y una larga serie de obras culturales, sociales, caritativas, religiosas…; predicó innumerables Ejercicios Espirituales y Misiones Populares.
Un sacerdote muy amigo del Obispo escribe: “Siempre y a toda hora el ilustrísimo Esquiú estaba rodeado de pobres. No tenía tiempo para recibimientos o ratos recreativos con amigos. En dos años, hemos podido hablar con él unas pocas veces y por pocos minutos y, muy a menudo, de pie y a toda prisa. Sólo los pobres podían entretenerse con él y a gusto, y manifestarle todas sus necesidades espirituales y temporales”.
Después de las fiestas navideñas de 1882, inició una gira pastoral por La Rioja y Catamarca. El gerente del ferrocarril le ofreció un coche especial, pero el rehusó y sacó un boleto de segunda clase en el ferrocarril porque alegaba: “Yo no puedo gastar en lujo porque la plata que tengo no es mía, sino de los pobres”.
El 8 de Enero de 1883, después de celebrar misa en la celda de San Francisco, partió de la Rioja, pero ya estaba enfermo de gravedad. El miércoles diez de Enero a las dos y media de la tarde, la mensajería llegaba a la posta del Pozo del Zuncho (hoy estación Esquiú, provincia de Catamarca), donde esperaba al Obispo muchísima gente. Allí se quebró. Su Secretario con ayuda de otras personas lo colocan en un humilde catre de tientos de cuero, en un rancho del lugar. Su secretario, le administra los últimos sacramentos y a las tres de la tarde del 10 de Enero de 1883 entregó su alma pura al Señor: “Con una muerte tan dulce como la sonrisa de un ángel”.
Luego fue trasladado a Córdoba donde recibió exequias triunfales. Cuando se le hizo una autopsia para saber el motivo de su muerte, el cuerpo ofrecía todos los síntomas de la descomposición, pero el corazón estaba intacto, suscitando maravillas en todos los presentes.
Ahora ese corazón se guarda en una hermosa hornacina del templo de San Francisco de Catamarca. Miles y miles de devotos acuden anualmente a venerarlo, lo cual, muy pronto, como es el anhelo universal, llevará al Padre Mamerto a la gloria de los altares.
Elsa Lorences de Llaneza
María Antonia de Paz y Figueroa "Mamá Antula"

María Antonia, “mujer insigne, gloria de nuestra patria y ornamento de la iglesia argentina” (Ezcurra), nació en el año 1730, en la pequeña población de Silípica (Santiago del Estero, Argentina), hija de Francisco Solano de Paz y Figueroa y Andrea Figueroa.
Recibió buena y sólida instrucción: lectura, escritura, matemática, catequesis, vidas de los Santos, trabajos domésticos, manualidades femeninas, etc. Todos los testimonios destacan que María Antonia tenía rasgos de gran hermosura. Fue dotada de inteligencia viva y penetrante, de una voluntad tenaz y emprendedora, de corazón abierto y bondadoso, de hondo sentido de responsabilidad, de gran capacidad para comprender el alma popular y sus necesidades reales. Estas prendas físicas, morales e intelectuales formaban un conjunto armonioso y fascinante, que irradiaba simpatía y encanto.
La Compañía de Jesús tenía, en la ciudad de Santiago del Estero, casa e iglesia, regenteaba un colegio, dirigía los Ejercicios Espirituales, predicaba misiones populares, cultivaba las inteligencias, educaba voluntades y formaba apóstoles. Alrededor de los jesuitas, se había formado un grupo de mujeres que buscaban su dirección espiritual y colaboraban en la obra más genuina y valiosa de la Compañía: Los Ejercicios. A este grupo pertenecía María Antonia que luego de una sólida preparación, se convirtió en beata (o laica consagrada), consagrando su virginidad al Señor con voto privado. Alrededor de ella, y cautivadas por su carisma, se juntaron racimos de doncellas y algunas viudas que dieron lugar a un beaterio, nombre con que se bautizaba a la casa donde vivían las consagradas que, con sus trabajos y sacrificios, sostenían la casa de Ejercicios.
En el año 1767, por orden del rey Carlos III, se expulsan de Buenos Aires a los jesuitas. La noticia de esta expulsión cayó como una mortaja sobre todo el país, en particular en la ciudad de Santiago. María Antonia no podía resignarse a tanto dolor y se interrogaba si no se podía hacer algo por tanta gente afligida. Hasta que una voz interior le susurró: “¿No podrías continuar tú la obra de los Ejercicios?”. Encandilada por la inspiración de lo alto, María Antonia confió sus locuras al Padre Diego, mercedario, hombre de saber y celo, quien no solo la apoyó sino que también ofreció su colaboración, en la que el Padre brindaría sus servicios ministeriales, y ella toda la infraestructura organizativa y material: alojamientos y provisiones. La beata solicitó y acomodó una casa espaciosa, y comenzó la labor lenta y capilar de convocar gente a los Ejercicios. Esa fue la chispa inicial de una inmensa obra.
Muy pronto, María Antonia, se sintió dichosamente desbordada por el éxito, y sus ojos se abrieron, en un primer momento, al campo santiagueño y después a toda la región de Tucumán, solicitando previamente el debido permiso a Juan Manuel Moscoso y Peralta, obispo de la región. Antes de otorgarle un amplio crédito de confianza, parece que el prelado le pidió que organizara una tanda y los éxitos fueron tan notables, que el obispo, valorando las grandes ventajas y fines de los Ejercicios, la favoreció en todo y la recomendó a los párrocos de su jurisdicción.
La sierva de Dios se dirigió entonces desde Jujuy a Salta y de ahí a San Miguel de Tucumán, desde donde se encaminó a Catamarca y a la Rioja y finalmente recaló en Córdoba, después de haber recorrido más de dos mil kilómetros a pie. Ella misma decía que: “En el Tucumán, había dado 60 tandas de Ejercicios”.
María Antonia, conquistó Córdoba con su humildad, con su laboriosidad enarbolando los Ejercicios, con su fervor religioso y con su vida. Las principales familias la acogieron como una enviada del Señor y le abrieron las puertas de sus casonas para que organizara tandas de Ejercicios. Entre los beneficios más significativos de éstos, se encontraban las conversiones y la igualación de las clases sociales. Hacia principios de septiembre del año 1779, siguiendo su itinerario misionero al servicio de los Ejercicios, María Antonia y su grupo de beatas, emprendieron a pie, el viaje hacia Buenos Aires, que las recibe con burlas y desprecios al verlas cubiertas de polvo y extenuadas por la fatiga. La beata, se presentó al obispo de la época, el franciscano Sebastián Malvar y Pinto, para solicitar el permiso de organizar Ejercicios, pero inicialmente halló poca o ninguna aceptación. Cuatro años después, el mismo Obispo, en una carta al Papa, describió las vicisitudes soportadas por la sierva de Dios, su paciencia y serenidad, la concesión del permiso y los inmensos beneficios que se lograron. María Antonia se entregó, con su fuego interno, a promover los Ejercicios.
Comenzó con una casa prestada y más adelante, alquiló sucesivamente varios locales. Al final se lanzó con una construcción nueva y amplia, totalmente dedicada a la obra de los mismos, que todavía funciona y es la Santa Casa de Ejercicios, situada en Avenida Independencia 1190 esquina Salta. Durante los veinte años de la presencia de la beata en Buenos Aires, entraron en Ejercicios más de cien mil personas.
María Antonia, serena y santamente, se durmió en el Señor el 7 de marzo de 1799. Como había pedido en su testamente, su entierro fue de limosna. La beata, que manejaba anualmente cientos de miles de pesos para mantener a los ejercitantes, en su desprendimiento radical, no había guardado ni un centavo para su entierro. Ella edificó esta ciudad con su vida ejemplar y la santificó con su celo extraordinario. Fue una mujer fecunda en santidad y obras buenas para sí y para todos los ejercitantes.
Elsa Lorences de Llaneza
Sor Ludovica de Angelis
Creadora del Hospital de Niños de la Plata

Sor Ludovica nació en San Gregorio, a pocos kilómetros de la ciudad de L’Aquila, donde murió y es venerado el gran misionero franciscano San Bernardino de Siena.
El 14 de noviembre de 1904, ingresó como postulante en el noviciado de las Hijas de la Misericordia de Savona. El 3 de Mayo de 1906, hizo la profesión religiosa. El 14 de noviembre de 1907, se embarcó en Génova y llegó a la Argentina como misionera.
En sus comienzos, fue destinada al Hospital de niños de La Plata. Sus primeras tareas fueron la cocina, la despensa y el guardarropa. El Hospital, se componía de una alambrada, un portón y un par de salas de madera, es decir casi galpones.
El Director del Hospital se llamaba doctor Carlos Cometto. Al recorrer diariamente las dependencias del modesto Hospital, quedó impactado por el don de gentes y el sentido de responsabilidad de la religiosa y pensó ponerla de administradora.
Entre el doctor y la religiosa se trabó una lucha sorda. En esa porfía, la una quería demostrar su incapacidad y el otro, afirmar y afianzar su propuesta. Al fin, para suerte del Hospital de Niños, ella accedió y aceptó el cargo.
Seis años después, a la muerte de sor María Rita Libardi, superiora del Hospital, el doctor Cometto, propuso a sor Ludovica como superiora, hallando las mismas resistencias en la interesada. Gracias a la intervención de la Madre Provincial, también esta vez Sor Ludovica, hija de la obediencia, agachó la cabeza y accedió al cargo, que conservó prácticamente hasta la muerte.
Los primeros tanteos de Sor Ludovica de Ángelis fueron difíciles y complejos. Tenía que dar órdenes, admitir personal, tomar decisiones, distribuir tareas, delegar responsabilidades y, sobre todo, vigilar.
He aquí el primer logro, como se expresa Raúl Romero: “Sor Ludovica luchó y logró quitar al Hospital de Niños, toda la frialdad de los hospitales clásicos”.
Durante esos primeros años, la religiosa aprovechó todo momento libre, para aprender y ejercitarse en todos los oficios propios de una enfermera. Llegó a ser una experta colaboradora de los médicos hasta en el quirófano.
El doctor Gorostiague así la describe: “Sor Ludovica se desempeñaba como anestesista, ayudaba en los actor operatorios, aplicaba inyecciones, realizaba curaciones y, secundada por las Hermanas, hacía de serena. Desempeñaba todos los menesteres, hasta los más humildes, para que el Hospital alcanzara el funcionamiento normal”.
Ludovica repetía a menudo: “No olviden que aquí, antes de cualquier cosa, están los niños….. Y, si no son bien atendidos, aquí todo está de mas, desde el director hasta el último peón”. Con voz unánime todos decían: “ Sor Ludovica es la madre de todos”.
Las Hermanas del Hospital, se hallaron frente a un problema dramático: Qué hacer, con los niños huérfanos o abandonados por sus padres, quienes, después de haberlos internado en el Hospital, se despreocupaban de ellos. Todas ellas con Sor Ludovica a la cabeza, decidieron tomarlos a su cargo, asumir la tarea de hacerlos crecer, educarlos, prepararlos para la vida, enseñarles un oficio o una profesión. De esa manera, esta mujer de pocas letras, transformó el Hospital en un Hogar-Escuela.
La salud de Sor Ludovica, siempre fue muy frágil, aunque ella buscaba esconder sus sufrimientos. La extirpación de un riñón en el año 1935, le causó insomnios y muchas molestias. En el año 1957, fue atacada gravemente por un edema pulmonar, tanto que se temía que no pudiera sobrevivir.
Además de los sufrimientos físicos, debemos añadir los espirituales. El importantísimo cargo de administradora y de la sucesión de magníficas obras que salían de su creatividad y de su espíritu emprendedor para el bien de los niños y el progreso del Hospital, suscitaron entre los celosos y envidiosos un avispero de prejuicios, críticas, calumnias, acusaciones, imputaciones, intrigas, sañas, intervenciones…. Además, tuvo que soportar siete acusaciones por malversación de fondos… ¿Qué hacía la monja? Frente a las calumnias callaba y “en los momentos de más profunda aflicción, se ponía con los brazos abiertos ante el sagrario pidiendo perdón para sus calumniadores”.
El Gobierno de la Provincia de Buenos Aires quería imponer el nombre de la religiosa al Hospital de Niños. Ella lo rechazó resueltamente. Sólo se lo pudieron asignar después de su muerte.
La Hermana Ludovica falleció el 25 de febrero de 1962. Después de largo y minucioso proceso, el papa Juan Pablo II, proclamó la heroicidad de las virtudes., Ya se está avanzando en el estudio del milagro.
Fueron frutos de los desvelos y constante preocupación de Sor Ludovica, el solarium de Punta Mogotes de Mar del Plata, el actual pabellón de Cirugía, la capilla de City Bell y otras salas. Estas obras nos la presentan como la auténtica creadora de lo que, en su mayor parte, constituye hoy el Hospital de Niños (del decreto oficial).
Elsa Lorences de Llaneza

Sor Ludovica nació en San Gregorio, a pocos kilómetros de la ciudad de L’Aquila, donde murió y es venerado el gran misionero franciscano San Bernardino de Siena.
El 14 de noviembre de 1904, ingresó como postulante en el noviciado de las Hijas de la Misericordia de Savona. El 3 de Mayo de 1906, hizo la profesión religiosa. El 14 de noviembre de 1907, se embarcó en Génova y llegó a la Argentina como misionera.
En sus comienzos, fue destinada al Hospital de niños de La Plata. Sus primeras tareas fueron la cocina, la despensa y el guardarropa. El Hospital, se componía de una alambrada, un portón y un par de salas de madera, es decir casi galpones.
El Director del Hospital se llamaba doctor Carlos Cometto. Al recorrer diariamente las dependencias del modesto Hospital, quedó impactado por el don de gentes y el sentido de responsabilidad de la religiosa y pensó ponerla de administradora.
Entre el doctor y la religiosa se trabó una lucha sorda. En esa porfía, la una quería demostrar su incapacidad y el otro, afirmar y afianzar su propuesta. Al fin, para suerte del Hospital de Niños, ella accedió y aceptó el cargo.
Seis años después, a la muerte de sor María Rita Libardi, superiora del Hospital, el doctor Cometto, propuso a sor Ludovica como superiora, hallando las mismas resistencias en la interesada. Gracias a la intervención de la Madre Provincial, también esta vez Sor Ludovica, hija de la obediencia, agachó la cabeza y accedió al cargo, que conservó prácticamente hasta la muerte.
Los primeros tanteos de Sor Ludovica de Ángelis fueron difíciles y complejos. Tenía que dar órdenes, admitir personal, tomar decisiones, distribuir tareas, delegar responsabilidades y, sobre todo, vigilar.
He aquí el primer logro, como se expresa Raúl Romero: “Sor Ludovica luchó y logró quitar al Hospital de Niños, toda la frialdad de los hospitales clásicos”.
Durante esos primeros años, la religiosa aprovechó todo momento libre, para aprender y ejercitarse en todos los oficios propios de una enfermera. Llegó a ser una experta colaboradora de los médicos hasta en el quirófano.
El doctor Gorostiague así la describe: “Sor Ludovica se desempeñaba como anestesista, ayudaba en los actor operatorios, aplicaba inyecciones, realizaba curaciones y, secundada por las Hermanas, hacía de serena. Desempeñaba todos los menesteres, hasta los más humildes, para que el Hospital alcanzara el funcionamiento normal”.
Ludovica repetía a menudo: “No olviden que aquí, antes de cualquier cosa, están los niños….. Y, si no son bien atendidos, aquí todo está de mas, desde el director hasta el último peón”. Con voz unánime todos decían: “ Sor Ludovica es la madre de todos”.
Las Hermanas del Hospital, se hallaron frente a un problema dramático: Qué hacer, con los niños huérfanos o abandonados por sus padres, quienes, después de haberlos internado en el Hospital, se despreocupaban de ellos. Todas ellas con Sor Ludovica a la cabeza, decidieron tomarlos a su cargo, asumir la tarea de hacerlos crecer, educarlos, prepararlos para la vida, enseñarles un oficio o una profesión. De esa manera, esta mujer de pocas letras, transformó el Hospital en un Hogar-Escuela.
La salud de Sor Ludovica, siempre fue muy frágil, aunque ella buscaba esconder sus sufrimientos. La extirpación de un riñón en el año 1935, le causó insomnios y muchas molestias. En el año 1957, fue atacada gravemente por un edema pulmonar, tanto que se temía que no pudiera sobrevivir.
Además de los sufrimientos físicos, debemos añadir los espirituales. El importantísimo cargo de administradora y de la sucesión de magníficas obras que salían de su creatividad y de su espíritu emprendedor para el bien de los niños y el progreso del Hospital, suscitaron entre los celosos y envidiosos un avispero de prejuicios, críticas, calumnias, acusaciones, imputaciones, intrigas, sañas, intervenciones…. Además, tuvo que soportar siete acusaciones por malversación de fondos… ¿Qué hacía la monja? Frente a las calumnias callaba y “en los momentos de más profunda aflicción, se ponía con los brazos abiertos ante el sagrario pidiendo perdón para sus calumniadores”.
El Gobierno de la Provincia de Buenos Aires quería imponer el nombre de la religiosa al Hospital de Niños. Ella lo rechazó resueltamente. Sólo se lo pudieron asignar después de su muerte.
La Hermana Ludovica falleció el 25 de febrero de 1962. Después de largo y minucioso proceso, el papa Juan Pablo II, proclamó la heroicidad de las virtudes., Ya se está avanzando en el estudio del milagro.
Fueron frutos de los desvelos y constante preocupación de Sor Ludovica, el solarium de Punta Mogotes de Mar del Plata, el actual pabellón de Cirugía, la capilla de City Bell y otras salas. Estas obras nos la presentan como la auténtica creadora de lo que, en su mayor parte, constituye hoy el Hospital de Niños (del decreto oficial).
Elsa Lorences de Llaneza
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