viernes, 29 de julio de 2011

CEFERINO NAMUNCURÁ - El santito de la Toldería

Ceferino Namuncurá es una de las figuras más populares y queridas en el país. Su rostro humilde y su cutis moreno atraen todas las simpatías. Se lo conoce, se lo ama, se lo invoca. Millones de familias tienen su imagen o una estampa en el altar doméstico. Los devotos acuden a él en sus angustias y necesidades, logrando abundantes beneficios espirituales y temporales. Como es innata la compasión de todo hombre por los que sufren, la gente ve en Ceferino al representante de una raza que ha sufrido injusticias y atropellos. Ceferino nació el 26 de Agosto de 1886 en Chimpay, a orillas del Río Negro, Departamento de Choele-Choel. Sus padres fueron: Manuel Namuncurá, hijo del terrible guerrero Calfucurá, y de Rosario Burgos, cautiva chilena cristiana. Fue bautizado el 24 de Diciembre de 1888, vísperas de Navidad, por el misionero salesiano Domingo Milanese, llamado el “Apóstol de los Aborígenes”.

La infancia de Ceferino Namuncurá, transcurrió en las tolderías junto a sus padres, ayudándolos en el cuidado de las ovejas y aprendiendo todas las artes de la subsistencia.
En las veladas, al oír contar a su padre las grandes proezas de los mapuches contra los blancos y ponderar la triste situación de la tribu después de la derrota y sumisión al ejército del General Julio Argentino Roca, nacen en el adolescente “vivos deseos de ser útil a los de su raza”.

A los 11 años de edad, pidió a su padre que lo llevara a Buenos Aires para estudiar. Este, gracias a la amistad con el General Luis María Campos, logró hacerlo ingresar en los Talleres Nacionales que la Marina tenía en el Tigre, pero no se sintió nada cómodo en esa escuela. Después, por medio de la influencia del ex presidente Luis Sáenz Peña y la aceptación del Padre José Vespignani, superior provincial de los salesianos, fue recibido en el Colegio Pío IX del barrio de Almagro. Allí comenzó a cursar la escuela primaria, manifestando agudeza mental, grandes deseos de aprender y decidida voluntad de avanzar en los estudios. Sobre todo, abrió sus ojos al mundo sobrenatural, o sea, al mundo religioso, que le era presentado a través de la oración y de la catequesis. Después de prepararse con toda conciencia y estudio, recibió la Primera Comunión y la confirmación por las manos de Monseñor Cagliero.

A partir de esa fecha, el indiecito, comulgaba todos los días con singular devoción. Nos gusta pensar que Ceferino se sentía atraído por los ejemplos de Santo Domingo Savio, el predilecto de Don Bosco. Por esos años, era también alumno del colegio Pío IX el inolvidable cantor Carlos Gardel que tan famoso sería después.
Ceferino seguía cursando los grados de la primaria, pero su gran empeño se consagraba al estudio del Catecismo. Tanto que, en el certamen anual, logró el primer premio y, según la costumbre de la época, fue proclamado “Príncipe de la Doctrina Cristiana” Más adelante, el indiecito, fue celoso catequista del oratorio festivo. Pero si el preferido fue el catecismo, Ceferino se entregaba también con ardor al estudio de las ciencias. Si había comenzado el estudio para ser útil, tras los ejemplos de los Padres Salesianos, ese deseo se convirtió en una viva aspiración de ser sacerdote, para ser útil a los de su raza como misionero del Evangelio.

A los dieciséis años, Ceferino terminó sus estudios primarios y deseaba avanzar hacia los estudios superiores para ser misionero, pero durante ese tiempo, imperceptiblemente, habían penetrado en sus pulmones los gérmenes o microbios de la tuberculosis que, como no había remedios en esa época, se convertía, casi siempre, en una enfermedad mortal. Pensando que el clima nativo de la Patagonia le sería beneficioso, Monseñor Cagliero llevó a Ceferino a Viedma, donde se encontró con otro enfermo y futuro beato Artímides Zatti. Entre los dos se trabó una mutua simpatía y una profunda amistad. Como no se mejoraba, Monseñor Cagliero, su padrino y bienhechor, se lo llevó a Génova en el barco “Sicilia”, de allí a Turín y de Turín a Roma, donde se alojó en el Colegio Salesiano de Villa Sora, ubicado en las pintorescas colinas de Frascati.

El momento más hermoso de Ceferino en Roma, fue la audiencia con el Papa San Pío X, quien le entregó una medalla reservada a los príncipes. Entre tanto la cruel enfermedad avanzaba inexorablemente.

En Marzo de 1905, fue internado en el Hospital de los Hermanos de San Juan. Ceferino comprendió que su fin se aproximaba y que debía renunciar a su más honda aspiración: llevar el evangelio a sus hermanos mapuches. Monseñor Cagliero lo acompañó hasta el momento de su santa muerte, acaecida el 11 de Mayo de 1905. Ceferino tenía solo 18 años, 8 meses y 17 días.


Elsa Lorences de Llaneza

1 comentario:

  1. Oración a Ceferino Namuncurá
    Señor Jesús,
    te damos gracias por haber llamado a la vida y a la fe
    al peñi Ceferino, hijo de los pueblos originarios de América del Sur.
    Él, alimentándose con el Pan de Vida,
    supo responderte, con un corazón entero,
    viviendo siempre como discípulo y misionero del Reino.
    Él quiso ser útil a su gente, abrazando tu Evangelio
    y tomando cada día su cruz para seguirte
    en los humildes hechos de la vida cotidiana.
    Te pedimos por su intercesión que te acuerdes
    de los que todavía peregrinamos en este mundo
    (pedimos en silencio las intenciones que cada uno trae en el corazón)

    Que también nosotros podamos aprender de él:
    su amor decidido a la familia y a la tierra,
    la entrega generosa y alegre a todos los hermanos,
    su espíritu de reconciliación y comunión.
    Para que un día celebremos
    junto a él y todos los santos
    la Pascua eterna del cielo. Amén

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