jueves, 11 de agosto de 2011

DON PEDRO ORTIZ DE ZÁRATE


Don Pedro Ortiz de Zárate, nació en la ciudad de San Salvador de Jujuy aproximadamente en el año 1622. Su familia había recibido del rey, en pago a sus servicios, tierras y encomiendas que se extendían por leguas y leguas. Como hidalgo, él estaba destinado a ocupar cargos directivos en el gobierno municipal y como único hijo varón, todos depositaban las esperanzas de que tendría bien en alto el honor y el prestigio de la familia.

En el año 1644 Pedro, inicia su carrera política y lleva a cabo su boda con Petronila de Ibarra y Argañarás. Como ambos eran herederos de auténticas fortunas y de dos familias contrincantes, este casamiento sellaría el olvido definitivo de los pleitos, e inauguraría el comienzo de una plena y armoniosa convivencia. Del matrimonio nacerían dos hijos: Cuando Pedro tenía 32 años, se desploma una viga que sostenía el techo de su casa de campo de San Salvador, sobre su esposa, matándola al instante. Este suceso, reflota en él la idea del sacerdocio, que antes de su enlace, y debido a su amistad con los jesuitas, había pasado por su imaginación.

Ya decidido, éstos le abren las puertas del Seminario de Córdoba, donde hizo sus estudios y llega así a la ordenación sacerdotal. Luego de ella y hallándose vacante la sede parroquial de San Salvador de Jujuy, don Pedro es designado en este cargo.
Como cura fue muy piadoso, caritativo y buen cristiano. Los Jesuitas lo ponderaban, diciendo de él que era un ejemplo de sacerdote de gran capacidad y que fomentaba la construcción de Iglesias y capillas con aportes populares o utilizando los recursos de su bolsillo. “Don Pedro recorría todo el territorio de su vicariato, extendido en más de cien leguas, para hacer misiones en las que reformaba a todos los demás”.

En el año 1647, las relaciones entre los colonos españoles y los indios eran turbulentas. Don Pedro entonces, levanta el banderín de la pacificación entre ellos y sale en una nueva expedición misionera, aunque costase el martirio, como sucedió en otras expediciones semejantes.

Hacia fines de abril de 1683, la cruzada, encabezada por Don Pedro y por los misioneros jesuitas, Antonio Solinas y Diego Ruiz, acompañados por un nutrido grupo de ayudantes y criados, se puso en marcha. La meta era la actual comarca de la diócesis de Orán (Salta), donde fijaron sus tiendas.

La acogida de los indios fue muy buena. A los pocos meses los misioneros pudieron formar un pueblito o reducción de unas dos mil almas. Lamentablemente, los hechiceros de cada clan, al ver desplazada su influencia, comenzaron a tramar su perdición.

En las primeras horas de la tarde del 27 de Octubre de 1683, “Mientras los misioneros se hallaban indefensos entre indios amigos, los hechiceros y sus fautores, los acometieron con suma gritería y les quitaron las vidas con dardos y macanas (….)”.

De esa manera, una iniciativa tan estupenda, que tenía todos los motivos para tener éxito divino y humano, terminó en tragedia, en un desastre total, semejante al de la Cruz.

Conocer a nuestros héroes, a nuestros apóstoles y a nuestros mártires es un desafío, porque al ponderar sus gestas, nace en nosotros una santa admiración, y, a la vez, brotan el deseo de soñar cosas grandes y la aspiración de ser dignos de ellos en nuestra conducta y en nuestra entrega al servicio del apostolado.

Elsa Lorences de Llaneza

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