viernes, 5 de agosto de 2011

Hermano José Marcos Figueroa, s.j.

El portero de la inmaculada


El Hermano José Marcos Figueroa, nace en Tinajo, en la isla de Lanzarote (Canarias) el 7 de Octubre de 1865. A la edad de 8 años, viaja con su familia a América, y se establecen en un campo cercano a Santa Lucía (Departamento de Canelones de la República Oriental del Uruguay). Estando aquí, fue a la escuela solamente cuatro meses, el resto del tiempo, hasta los 20 años, ayuda a su padre en su oficio de labrador.


Por cierto cuatro meses de escuela, fueron muy pocos, pero su prodigiosa memoria y sus contactos con personas ilustradas y buenos libros, le abren los caminos del saber. Era considerado un erudito en el campo de los libros escolásticos, ciencia, teología y espiritualidad.


Deseoso de mejor vida, aspira a entrar en la Compañía de Jesús. El 30 de Enero de 1886, se separa de sus padres y entra como postulante en el colegio Sagrado Corazón de Montevideo.


El 12-8.1886, viene a la Argentina y en la Provincia de Córdoba, empieza el noviciado y es admitido como coadjutor. No sería sacerdote, sino que brindaría su colaboración tan útil y necesaria en los mil oficios que la marcha de toda Comunidad requiere.


En Mayo de 1887, José Marcos contrae la enfermedad de la viruela. A pesar de que los médicos, debido a la virulencia de la afección, prohibieron que nadie se acercase a la enfermería donde se lo atendía, en un acto de gran heroísmo, el enfermero del noviciado, Hermano Rojas, lo atiende con total solicitud. El Hermano Figueroa, sana de su dolencia, pero el enfermero se contagia y en menos de cinco días, la enfermedad lo lleva al sepulcro. Veinticuatro horas antes de expirar, se lo oía exclamar al Hermano Rojas: ¡Gracias Dios mío! ¡Qué suerte la mía! ¡Dios me ha predestinado para el cielo!


Este heroico ejemplo de caridad, influye profundamente en el espíritu del Hermano Figueroa. Aprende lo que significa el verdadero amor en la Compañía y le sirve de norma para amar como había sido amado: Hasta el heroísmo.

A fines de Mayo del año 1888, el Hermano José Marcos, llega al Colegio de la Inmaculada de la provincia de Santa Fe, brindándose con una generosidad y perseverancia excepcionales, durante los cincuenta y tres años de su permanencia.


El Hermano comienza a trabajar en el Colegio con el oficio de segundo enfermero y comprador. Poco después inicia su trabajo en la portería, resolviendo las peticiones, los problemas y las dificultades, con gran exactitud, gracias a su felicísima memoria, a la que no escapaban los datos más insignificantes.


El Hermano José, era un lector apasionado y utilizaba los retazos de tiempo que tenía, para actualizarse con la cultura literaria, religiosa, devocional etc. Sus biógrafos dicen que se había vuelto un erudito de cosas humanas y muy sabio en las cosas divinas. Era el propagandista y el administrador de las revistas del apostolado de la oración, tanto del país como del extranjero.


“El apostolado de la prensa, es un apostolado impagable, porque es trabajo de siembra de ideas y de ideales, y son las ideas y los ideales, los que mueven el mundo, iluminan las inteligencias y conmueven el corazón”.


El hermano atendía a todos, tanto a la gente humilde, como a la gran dama, con la misma delicadeza y prontitud, porque sólo veía en el ser humano, la imagen y semejanza de Dios.


A los 54 años de trabajo en la portería, el corazón empezó a flaquearle. Todos los análisis, radioscopias y radiografías, revelaban que el corazón estaba destrozado; pero el siempre contestaba que: “Estaba bien”.

El padre Rector, escribe al Superior Provincial, y le cuenta que, como la cosa no tiene remedio, con el médico deciden dejarlo en la portería, para que muera a su gusto: Al pie del cañón.


El 19 de Noviembre de 1942, el Hermano José Marcos Figueroa, fallece silenciosamente, sin llamar la atención, sin molestar a nadie, pero con una larga preparación en la práctica incesante de todas las virtudes.


Elsa Lorences de Llaneza



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